Cómo tener una Bogotá más verde

El manejo del arbolado urbano fue uno de los aspectos que causó mayor malestar ciudadano durante la actual administración. De hecho, fue tan obtusa la gestión de Peñalosa, que llegó a los extremos de la confrontación entre los ciudadanos y una policía enviada para imponer, por la fuerza, decisiones administrativas inconsultas e inconvenientes.

Martes 10 de septiembre de 2019

En los últimos dos años estuve acompañando a esos ciudadanos, escuchando y tramitando sus reclamos, buscando la información que la administración les negaba y utilizando las herramientas jurídicas y administrativas de las que dispongo como concejal para defender el arbolado y las zonas naturales de la ciudad. Fue así como, por ejemplo, acompañé al Sindicato del Acueducto de Bogotá en la acción jurídica que logró detener las talas masivas en el embalse San Rafael; y a los vecinos de Kennedy en la acción que suspendió la liquidación definitiva del Bosque Bavaria.

Este seguimiento me permitió detectar una serie de problemas y vacíos tanto en la normatividad y los procedimientos, como en la ejecución, que permitieron el manejo caprichoso y autoritario que impuso el alcalde Peñalosa. Al final de este proceso, he sacado una serie de conclusiones que son las directivas de mi gestión en el Concejo de Bogotá. Estas son mis propuestas para tener una Bogotá más verde.

1. Más participación ciudadana

Necesitamos un protocolo de participación y concertación con los ciudadanos armonizado con la legislación vigente. Ambos componentes fueron olímpicamente ignorados durante la actual administración y en parte eso lo permitió el desconocimiento y cierta demora en construir e implementar políticas claras al respecto. Ya tenemos jurisprudencia y legislación que nos dan un norte, como la Sentencia T-361/17 que estableció el derecho de participación en materia ambiental en el marco de la expedición de resolución que delimitó el Páramo de Santurbán. De estas se desprende que, por ejemplo, la socialización de los planes debe ser previa, amplia, deliberada, consciente, responsable y eficaz; la participación debe tener características como: representativa, activa y eficaz; y debe surtir fases como: consulta, concertación, decisión, gestión y fiscalización.

2. Mejor planificación:

La ciudad debe contar con un Plan de Silvicultura Urbana, Zonas Verdes y Jardinería actualizado, que responda tanto a las necesidades presentes de la ciudad como a los retos del cambio climático. Las proyecciones y modelaciones científicas apuntan a que la ciudad puede enfrentar mayores precipitaciones en menos tiempo, con veranos más intensos y largos. En esto, el arbolado urbano juega un papel fundamental en el control de las inundaciones y en la mitigación de las llamadas islas de calor. En esta medida, todo árbol puede ser valioso, aunque se trate de una especie exótica, y nunca serán muchos los esfuerzos por ampliar la cobertura vegetal en las zonas urbanas. Es decir, todo lo contrario a lo que, amparada en cierta laxitud normativa, ha hecho la actual administración, a la fecha, se han autorizado más de 38 mil talas, y se han priorizado las plantaciones en lugares fuera de la ciudad.

3. Compensar efectivamente:

Las compensaciones por talas deben seguir un protocolo claro y riguroso que no deje lugar a interpretaciones caprichosas, teniendo como prioridad el emplazamiento en lugares cercanos a donde se realizaron las talas. En su afán de mostrar resultados y minimizar los reclamos ciudadanos ante las talas masivas, el alcalde Peñalosa ha inflado en repetidas ocasiones, y de manera casi delirante, las cifras de compensaciones realizadas. Una de sus declaraciones más repetidas estima que por cada árbol talado se han plantado ocho nuevos individuos. He demostrado públicamente que esa afirmación es falsa y que, al contrario, las compensaciones están por debajo de las ambiciosas metas de talas que tiene el alcalde. Este es un tema donde se evidencia desarticulación institucional y vacíos normativos. Es necesario centralizar, regular y armonizar el trabajo de plantaciones, en un Plan de Silvicultura Urbana, Zonas Verdes y Jardinería actual que planteo en el punto 2. Clave dentro de esto, que existan herramientas transparentes de seguimiento a la ejecución de los recursos capturados por concepto de compensaciones en obras públicas y privadas. Secretaría de Hacienda da unas cifras, Jardín Botánico da otras y, de todas formas, la utilización de los recursos en plantaciones efectivas dentro de la ciudad no está clara.

4. Abrir espacios verdes

Si queremos contar con un arbolado urbano robusto, con espacio público de calidad y accesible a los ciudadanos, tenemos que abrir espacio a los árboles en el concreto. Bogotá tiene un importante déficit de espacio público efectivo y para mejorar los indicadores (no el problema) esta administración decidió meter en una misma categoría los parques y zonas de reserva y protección. Esto genera toda clase de inconvenientes, el primero de ellos es que perdemos uno de los principales activos ambientales de la ciudad. Además, no soluciona el problema de fondo porque pone el espacio público en lugares de difícil acceso y priva a localidades como Kennedy, Puente Aranda y Ciudad Bolívar, de los beneficios de contar con arbolado en su zona urbana. Es posible que esta pueda ser recibida como una propuesta atrevida y demasiado ambiciosa, porque implica destinar manzanas completas de terreno urbanizado a plantar árboles y crear espacios de recreación pasiva y de recreación activa. Pero necesitamos que todas las localidades de Bogotá cuenten en su interior con, al menos, el equivalente a un Parque Simón Bolívar.

5. Mejores procedimientos:

El Jardín Botánico debe ser ejemplo de rigor en la ejecución de sus procedimientos. Este punto está muy conectado con los anteriores, dado que implica incluir esta dimensión en un nuevo Plan de Silvicultura Urbana, Zonas Verdes y Jardinería, que elimine estos vacíos y permita una fiscalización transparente. Una de las claves para entender el desatino de la administración Peñalosa en el manejo del arbolado urbano está en la ejecución y los procedimientos del Jardín Botánico. En medios de comunicación y en debates del Concejo, demostré todas las ligerezas en que incurrió esta administración para adelantar sus planes de talas y desproveer a la ciudad de sus árboles. Por ejemplo: talas realizadas de manera subrepticia sin consultas ni socialización, conceptos técnicos realizados a ojo y sin utilizar los aparatos de diagnóstico, negligencia en la aplicación de los protocolos de desnidado y contratos con terceros que contienen incentivos perversos para favorecer las talas.

6. Mejor información:

Hay que fotalecer la herramienta del Sistema de Información y Gestión del Arbolado Urbano (Sigau). Esta es una gran idea, pobremente ejecutada. En principio, debería proporcionarnos un panorama casi que en tiempo real de todos los árboles de la ciudad, su edad, tratamientos silviculturales, especie, porte, etc. Pero ni es actualizado con regularidad y rigor, ni está armonizado con los demás sistemas de información de la ciudad para que el arbolado pueda ser tenido en cuenta en la planificación urbanística. De manera que el inventario está atrasado, y ni siquiera puede considerarse exhaustivo. El millón largo de individuos que contempla el Sigau solo es una referencia, porque entre talas no registradas, individuos antiguos nunca contabilizados y nuevas plantaciones, no hay certeza sobre cuántos árboles tiene la ciudad. En este período presenté (tres veces) una iniciativa que buscaba ampliar la cobertura y calidad de la información, incluyendo a los científicos ciudadanos en el inventario ambiental de la ciudad; y armonizar estos datos con las demás plataformas de información. Sigo creyendo que es vital dar este paso, y por eso seguiré insistiendo en la implementación de esta iniciativa.

7. Promover los Jardines verticales y la agroecología urbana:

Esta es una estrategia poderosa para ganarle espacios al concreto y aumentar la cobertura verde de la ciudad. El acuerdo 418 de 2009 abre la puerta y establece los lineamientos para que Bogotá sea verde en todas sus perspectivas. Techos, azoteas, muros e incluso la infraestructura de la ciudad, entre otros espacios, son susceptibles de convertirse en terreno abonado para que crezca el verde. Sin embargo, es un error considerar que esta estrategia puede reemplazar a la necesidad de contar con un arbolado urbano robusto. Es plausible plantar veraneras en las ventanas y antejardines de la ciudad, pero como complemento necesario a una política de conservación y ampliación del arbolado urbano, no como su sustituto.

8. Obedecer a los jueces:

Tanto la sentencia de cerros como la del río Bogotá sólo tienen un camino posible y es avanzar decididamente en su cumplimiento, no arrastrando los pies, ni buscando atajos, sino interpretando cuál es su sentido real y su importancia. Hay muchas formas de incumplir cumpliendo. Por ejemplo, en el presupuesto 2019 Peñalosa designó 9 mil millones para el cumplimiento de la Sentencia de Cerros y 120 mil millones para la construcción del llamado Sendero de las Mariposas, que puede poner en riesgo uno de nuestros principales activos ambientales. Es decir, 120 mil millones para incumplir una sentencia que busca proteger los cerros orientales. Los gobernantes no pueden acudir a este tipo de triquiñuelas para evadir las instrucciones de los jueces y hacer lo que mejor les parezca. En este momento, algunos de los problemas que aborda la sentencia, por ejemplo asentamientos humanos, se han agudizado. Y las labores de restauración avanzan lentamente. Desde el Concejo he vigilado activamente y denunciado las irregularidades que buscan convertir a los dos principales elementos de la estructura ecológica de la ciudad en espacio público o polígonos urbanizables. Esta lucha y esta vigilancia no pueden detenerse y, al contrario, debe aumentar el control político y ciudadano.

9. Mayor variedad:

Las plantaciones y compensaciones deben seguir un plan maestro de manejo que contemple las dimensiones ecológicas y paisajísticas. Esto para que las especies usadas en la arborización se seleccionen según una metodología que contemple el disfrute del espacio público, pero también la ecología del suelo, las necesidades de la fauna nativa y migratoria, la diversidad de micro-hábitats y la interrelación entre todo esto y el ser humano. Esta administración, en especial en los llamados Proyectos Paisajísticos, ha mostrado una preferencia infundada por un número reducido de especies que ponen en riesgo la diversidad del arbolado y lo exponen a riesgos de sucumbir ante plagas y condiciones ambientales cambiantes.

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