Por Antonio Sanguino
Hay cumplea駉s que no se celebran con regocijo. La ruptura del 鷏timo intento de paz con las Farc es uno de ellos. Y no solo porque duela que se haya malogrado una posibilidad de reconciliaci髇 entre los colombianos. Duele sobre todo por las circunstancias en que se interrumpi este intento de paz.
En nuestra memoria colectiva qued grabada la indignaci髇 y dolor del secuestro del senador G閏hem que precipit la ruptura del proceso y la cancelaci髇 de la zona de despeje. Como tambi閚, la cruel retenci髇 de la entonces candidata presidencial Ingrid Betancourt y su acompa馻nte Clara Rojas.
El dolor por la interrupci髇 de los di醠ogos con las Farc no es nost醠gico. No debe serlo. La nostalgia equivaldr韆 a exaltar las bondades de un proceso que empez y termin mal. Porque el fracaso del Cagu醤 no se debi exclusivamente a la desfachatez fariana que abus de la zona de distensi髇 y desaprovech la mas importante oportunidad pol韙ica de su historia. Con asustadora elementalidad se propaga la idea de unas Farc esencialmente malvadas y perversas. Y claro que este an醠isis primitivo conduce a botar la llave de la paz, que el presidente Santos dijo tener el d韆 de su posesi髇, al fondo del oc閍no de nuestros odios at醰icos. Y con ello se despacha la discusi髇.
Hay otro dolor, quiz醩 un poco menos evidente. El dolor del desperdicio. Porque desperdiciamos una especial oportunidad para poner punto final a la guerra por un equivocado modelo de negociaci髇 con las guerrillas a鷑 actuantes. Modelo que tuvo un trauma de nacimiento: la campa馻 que eligi como presidente a Andr閟 Pastrana. Porque al calor de la contienda presidencial Pastrana acept la solicitud de las Farc de una zona de distensi髇 cuya extensi髇 cubriera cinco municipios, y mostr generosidad para abordar una agenda de di醠ogo tan extensa como la geograf韆 de todos nuestros conflictos. Craso error pensar que la generosidad gubernamental ser韆 devuelta con la misma moneda por una guerrilla dominada por la desconfianza hist髍ica propia del ethos sociocultural de colonos perseguidos, excluidos y maltratados. Y craso error aceptar que todos nuestros conflictos se explican y se subsumen en el conflicto pol韙ico armado.
Hay que reconocer que a Pastrana le sobr audacia y arrojo para la b鷖queda de un arreglo con las Farc. Pero le falt m閠odo. Y cuando tuvo la oportunidad de experimentar un proceso m醩 reglado con el ELN habilitando una Zona de Encuentro en el Sur de Bol韛ar y adelantando una agenda limitada a las variables explicativas del alzamiento armado de este grupo, se dej atemorizar por los paramilitares y presionar por las Farc. El pa韘 termin por voltearle la espalda a la paz y se emborrach con la ilusi髇 de la derrota militar de la guerrilla a cualquier precio.
La paz que viene pasa por no volver al Cagu醤. Ni a su agenda ilimitada, ni a sus modelos de despejes territoriales. A ello le debemos ocho a駉s m醩 de guerra, con todos sus muertos, dolores y tragedias.



