sus vidas son el espejo natural y cósmico de nuestra humanidad. Es su reflejo. Su puerto; la semilla que germina la vida; su ser, su propia piel, porta los colores de la tierra, los recorridos del agua y las direcciones del viento. Esas son ustedes, mujeres: una enciclopedia, un campo natural, un libro de vida.
Colombia, en efecto, hace parte de esa arca de la memoria, tejida por mujeres, cuyas estadísticas, según el DANE, muestran una variación ostensible sólo en el indicador demográfico: el total de mujeres es de 23 millones 313 mil 302 (50,63 por ciento) frente a 22 millones 731 mil 299 de hombres (49, 37 por ciento).
Ustedes son más, mucho más, que un cuerpo estadístico, los números no tienen sus células, embriones, y genes, que edifican, paso a paso, el rostro y el alma de la humanidad. Ustedes son, señoras, las diseñadoras y arquitectas de la existencia. Nuestras madres.
Así, en honor a la justicia y a la gratitud humana, a su propia dignidad, urgimos promover, y sobre todo, contribuir en la materialización de igualdad de derechos y oportunidades que cesan la discriminación. No más violencia. Y mucho menos, contra ustedes, que sustentan la vida, que son laboriosas, con mucho ahínco, para alcanzar el bienestar de sus familias, el fortalecimiento de sus economías, sus sueños, los sueños de los otros; ustedes, mujeres, son vecindad, cuadra, el sostén del barrio, la casa que inspira resguardo.
El proceso de dignificación y realce de sus derechos y garantías tiene un recorrido normativo en el seno de la Constitución Política de Colombia y en leyes del orden nacional y local que coinciden con un principio rector: que todas/os nacemos libres e iguales ante la ley –mujeres y hombres –, y tenemos el mismo trato y gozaremos de los mismos derechos, libertades y oportunidades. Y además, es inaceptable discriminación alguna por razones de sexo, raza, orientación de género, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica.
Sí. Eso es cierto, por lo menos en la piel del papel, porque en la piel de ustedes, en su alma, todavía hay deudas y cicatrices, que el incumplimiento de las leyes aún no propicia subsanar y por tanto nosotros, toditos, debemos militar en el orden de la justicia social, cultural, económica y emocional, para hacerla real y efectiva. Y materializarla, por consiguiente, en nuestras cotidianidades, en nuestros escenarios laborales, en los diálogos de pareja, en la vida pública y privada, en los territorios barriales y locales. En nuestros hogares.
En cualquier atropello, por mínimo que sea, que atentamos contra una mujer, estamos cometiendo un delito de lesa humanidad, de lesa vida; estamos en contravía de nuestra propio ser y origen, de la madre, de la madre vida que ustedes constituyen.
Es imperativo, y progresista, muy del lenguaje de ustedes, mujeres, reconocer una verdad de apuño que ha venido ganando un espacio real - y legal - que va curando la deuda histórica que tenemos con ustedes, y que está consignada en el actual Plan de Desarrollo, “La Bogotá Humana”: allí desde la recién creada Secretaría de la Mujer se promueve y coordina el desarrollo de la política pública distrital de mujeres y equidad de género, para la transformación de prácticas y condiciones económicas, sociales, institucionales, políticas y culturales de discriminación, exclusión y violencia contra las mujeres.
Todo esto se hace con un sentido muy bien definido: fortalecer la capacidad institucional del Distrito para garantizar y restituir el cumplimiento de los derechos de las mujeres. En consecuencia, se impulsa a la Secretaría Distrital de la Mujer, como entidad responsable de articular acciones desde los diferentes sectores de la Administración Distrital y fijar políticas para la equidad de género y la erradicación de la discriminación y la violencia contra las mujeres.
Mujeres, ustedes no solo han de gozar y materializar, toditos esos derechos constitucionales y legales, sino que portan otro tributo que no les ha sido reconocido en las páginas legales, y que yo, como concejal de la Bogotá, me permito solicitarles una licencia para decretarlo: …ustedes son la ley y la constitución de la vida y, en consecuencia, las únicas legisladoras de la humanidad, del tejido humano.
Quiero terminar esta intervención parafraseando al poeta francés Víctor Hugo, este fragmento de uno de sus poemas es capaz de nombrar el universo dinámico y fluido que son ustedes:
“El hombre es un templo, la mujer es el sagrario. Ante el templo nos descubrimos, ante el sagrario nos arrodillamos”.
Nosotros, los hombres, estamos colocados donde termina la tierra, ustedes, mujeres, están ubicadas donde comienza el cielo.”
Las mujeres, definitivamente, como lo dice nuestro premio nobel, Gabriel García Márquez, sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia.
Equipo de trabajo
H.C. BORYS MONTESDEOCA ANAYA
Concejal de Bogotá
Movimiento Progresistas






