Una coincidencia desafortunada. Que el corregimiento en el que Iván Márquez y Joaquín Gómez hicieran su aparición pública entre pobladores y 300 guerrilleros armados llevara ese nombre, ha servido para afirmar jocosamente que las FARC le están haciendo “conejo” a la paz. Afirmación exagerada si se compara la proporción de este hecho con los enormes avances del proceso de paz. Exagerada si recordamos que estamos en el cierre de la negociación y a un poco más de un mes de la firma de un acuerdo.
Como era de esperarse, el uribismo no ha desaprovechado el papayazo de las FARC. Y a propósito de las imágenes divulgadas precisamente por una de sus voceras en el Congreso, Tatiana Cabello, representante a la Cámara, han sacado de nuevo toda su artillería contra el proceso. No ahorran palabras para querer demostrar la debilidad del Presidente Santos frente a la guerrilla o para insistir de nuevo en que la negociación ha sido un acto de entrega del país a las FARC. Que las FARC se burlaron de los negociadores gubernamentales y de la comunidad internacional o que esta es una demostración de que nunca entregarán las armas, son quizás las acusaciones de menor calibre.
El Gobierno ha sido cauteloso pero enérgico, como corresponde. Ordenó el regreso a Cuba de los jefes guerrilleros y suspendió sus visitas a los campamentos farianos. Porque la opinión pública está plenamente informada de que las partes acordaron unas acciones de pedagogía del proceso y unos protocolos de seguridad para llevarlas a cabo. Es suficientemente justificado que los comandantes guerrilleros que ejercen como voceros y negociadores deban socializar con sus combatientes y militantes los alcances de la negociación. Desmontar una organización armada exitosamente y transformarla en una fuerza política civil requiere una labor de persuasión y convencimiento que solo pueden adelantarla quienes ejercen mando político y militar. Y como la negociación se adelanta en La Habana y los frentes guerrilleros se encuentran regados por todo el territorio nacional, es inevitable que los voceros de la guerrilla deban acudir a los campamentos de su tropa.
Hay quienes han minimizado los hechos. Alegan que no hubo actos de violencia ni violación al cese al fuego. O que el acto político que realizaron demuestra que las FARC ya están embarcadas en la paz y seducidas por la política civil. Y quizás tengan razón. Pero es un acto de provocación innecesario y riesgoso para el proceso que afecta la confianza construida por las partes en varios años de diálogo y negociación. Son incalculables las devastadoras consecuencias que hubiese tenido un incidente militar en medio de la reunión de “Conejo”.
Las FARC no pueden ignorar, en la reacción de la opinión pública a este hecho, el bajo nivel de tolerancia de los colombianos a la mezcla de política y armas. Como tampoco las élites políticas deben olvidar el baño de sangre que desataron contra la Unión Patriótica en respuesta a esta mezcla explosiva. Superada esta pilatuna de las FARC en “Conejo” o este papayazo, nos debe quedar claro a todos que la política es la antítesis de la guerra.
@AntonioSanguino






