La cuestión de las armas

Andrés Paris, negociador de las FARC, alborotó el avispero. En entrevista para el diario El País de Cali advirtió que no entregarían las armas. E insistió en un discurso recurrente al seno de guerrillas en negociaciones de paz. “Que las armas representan la consecuencia revolucionaria”. “Que su entrega es un acto de traición a los ideales de cambio”. Reiteran “que las armas deben estar a discreción del cumplimiento de los acuerdos”. Mejor dicho, una “paz engatillada” parecen proponer.

Ello es tan insensato como riesgoso. Insensato porque desconoce la historia de los procesos de paz del país y del mundo que han resulto conflictos armados de naturaleza política como el nuestro. Todos han terminado con el desarme de los grupos armados para recuperar el monopolio de las armas en manos del Estado. Incluido el proceso irlandés, cuyo modelo dice representar Paris, terminó en un desarme total del Ejercito Republicano Irlandes (IRA) y su reincorporación a la vida institucional. En El Salvador y Guatemala, las guerrillas pasaron a la vida civil luego de la celebración de Acuerdos que incluyeron la dejación de las armas. Y en Colombia, la paz exitosa de los noventa implicó el desarme de las guerrillas. Incluso en el sur del continente, Uruguay, Chile, Argentina y Brasil, sin negociaciones de paz pero en medio de procesos de transición de las dictaduras a la democracia, las guerrillas abandonaron la lucha armada para vincularse a proyectos políticos de izquierda que gobiernan en sus países. La renuncia a la violencia no significó traicionar los ideales que motivaron el alzamiento.

Y es riesgoso porque puede conducir a repetir dolorosas experiencias de la sociedad colombiana. La primera la sufrió principalmente las FARC. El experimento de la Unión Patriótica terminó en un baño de sangre. Es cierto que la derecha paramilitar disparó inmisericordemente contra esta nueva fuerza política y los cambios que traían los Acuerdos de la Uribe. Pero es inocultable que Incursionar en la vida política e institucional con una guerrilla detrás es como sentarse a fumar sobre un barril con pólvora. Y la más reciente experiencia corrió por cuenta del fallido proceso del Caguán. La soberbia armada de las FARC y la tacañería de un sector del establecimiento dio al traste con la posibilidad de un acuerdo de paz. Sector que en un golpe de mano conquistó la presidencia en cabeza de Alvaro Uribe y metió al país en una ofensiva militar generalizada de ocho años.

No es un juego de palabras. Las guerrillas deben “entregar” o “dejar” las armas. Deben convencerse de que no hay paz posible sin la recuperación del monopolio estatal del uso de la fuerza. Y que hay mecanismos menos riesgosos para asegurar el cumplimiento de los acuerdos. Por ejemplo, un acompañamiento eficaz de la sociedad civil y de la comunidad internacional. Y la dirigencia colombiana debe saber que sin garantías plenas para que las guerrillas se transformen en expresiones políticas que luchen por el poder, las paz es una quimera. También las armas que disparan contra la izquierda hay que deponerlas.

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