En hora buena, después de 21 años y en segunda instancia, el 29 de marzo del presente año, el Consejo de Estado emitió sentencia favorable en favor de la descontaminación del río Bogotá.
Esta actuación administrativa, que ratifica la emitida hace un lustro por parte del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, que le ordenaba al Gobierno Nacional, tomar medidas urgentes de recuperación de este afluente del río Magdalena, es, sin lugar a dudas, un fallo trascendental, que favorecerá su descontaminación y conllevará a devolverle su vida, su biodiversidad, al tiempo que ayudará a la salvación del mismo planeta.
Por esta razón, la sentencia emitida por esta alta corte, es una noticia ecológica meritoria que debemos resaltar, celebrar y acatar responsable e inmediatamente desde las diferentes instancias del poder comprometidas en el fallo, entre las que se encuentran 19 entidades del orden nacional, incluido el Distrito Capital, los 46 municipios aledaños al recorrido del río Bogotá, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, CAR, así como ciudadanía y empresarios que contaminan este afluente del Magdalena.
Como ambientalista, en lo que me toca desde el Concejo de Bogotá, haré el control político respectivo con miras al cumplimiento de esta providencia, que de manera perentoria exige la salvación de nuestro río, promoviendo debates de evaluación al modelo de descontaminación de plantas de tratamiento, con base a un estudio científico que adopte el sistema de operación más adecuado.
El Consejo de Estado ordena invertir inicialmente seis billones de pesos para saldar la deuda histórica del Estado y la sociedad para con el río Bogotá, para lo cual deberá existir coordinación interinstitucional al momento de elevar acciones específicas en su solución.
Visualizando el futuro de la descontaminación del río Bogotá, éste debe conllevar a hacer realidad el sueño de los bogotanos: que sea navegable, donde se pueda pescar, con un parque lineal en su ronda, debidamente arborizado desde el nacimiento hasta su desembocadura, y con ciclo ruta con especies frutales, para el disfrute y recreación de los ciudadanos.
Finalmente, un lugar de vida y no de muerte de la naturaleza, en el que se puedan realizar actividades de navegación, pesca y recreación, tal como ocurre en experiencias similares, como las de los ríos Támesis, Rín y Ebro.






